Dentro del generoso universo de cosas que me ponen de malhumor, hay algunos resortes que son más sensibles que otros. Las palabras, por ejemplo, son sagradas. Puedo adorar u odiar a alguien sólo por su forma de hablar. No necesito conocer nada más que sus adjetivos, sus giros, sus expresiones para decidir si merece un mimo o una paliza. Me alcanza con que diga alguna cosita para hacerle la cruz para siempre.
Sin embargo, este vicio no tiene nada que ver con la corrección gramatical o con la riqueza del vocabulario. A mí no me interesa que la gente hable bien, sino que evite algunas chanchadas verbales. Hay algunas expresiones puntuales, algunos términos y formas de hablar que me ponen particularmente violenta. Y no porque yo tenga una historia personal con ellas, o porque sean ofensivas. Nada más lejos. Me molestan porque representan una cosmovisión errada del mundo; una clase de humor, o una falta de gracia y estilo, que me resultan insoportables.
La gente que pregunta “¿qué hora son?”, por ejemplo, me provoca un rechazo inmediato. Tampoco tolero a los que preguntan “qué sale” algo, a los que se disculpan antes de decir una guarangada, o a los que pronuncian “güevo”, “güenísimo” y “guielo”. Pero son personas con mañas leves. Sus elecciones orales son horribles pero no hieren de muerte a nadie. Al menos no como otra gente, cuyo discurso es verdaderamente repulsivo. Gente que usa las palabras como las balas de un revolver; gente que toca los resortes más sensibles de mi paciencia.
Los primeros que yo querría silenciar son —sin duda— los que eliden o recortan indiscriminadamente los nombres propios y sustantivos. Por ejemplo, la gente que invoca un nombre famoso sin el apellido. “Susana es una diva”, “Estuvo Marcelo en lo de Mirtha”. O la que mutila una parte del nombre de una comida o un lugar: “Sale un raviol”, “milanesa con fritas”, “me tomé una naranja”, “fuimos a Areco”.
Otros a los que hay que cortarles la lengua, son a los deformones compulsivos. Abusan de un lunfardo privado bastante estúpido y muchas veces cacofónico que me pone los pelos de punta. Cualquiera que diga cocucha, feca, casorio, fresquete, frescolari, lorca, franchute, yanquilandia, bailongo, argento, chori, tanga, whiscacho, fernando (fernet), holis y holines, solari, gatienzo (prostituta) y matienzo (mate) merece que lo apaleen sin pausa hasta dejarlo callado. (El lunfardo popular como torrar, chorear, morfi, chupar, pucho, es profundamente desagradable también, pero al menos es de todo el mundo).
Otros personajes insoportables son los que usan leit motivs de perdedor. Todo su discurso parece el de alguien que apenas se levanta de la cama y está a punto de ahorcarse. Cuando uno les pregunta cómo están, por ejemplo, contestan “tirando” o “en la lucha”, o “acá ando”. En vez de irse a dormir, se van a “apolillar” o a “tirar un ratito”. Parece que siempre están mal, pidiendo disculpas por haber nacido.
Por otro lado, en vez de nombres propios usan eufemismos descriptivos. Al jefe le dicen “El trompa”, a la esposa le dicen “la bruja”, “la jabru” o “la patrona”, a la madre “la vieja”, a Dios “el barba” o “el de arriba”, al corazón le dicen “el bobo” y a todos los demás “el quía” o “el quetejedi”.
Sin embargo, y sin desestimar a los anteriores que me resultan genuinamente espantosos, los que más odio en el mundo son los que se ceciliarothizan, una manga de tarados que pasó un verano en Madrid y cuando vuelve, no puede parar de decir “guapo”, “vale”, “mogollón”, “flipar” y “joder”. Unos pavos que viven convencidos de que están adentro de una película de Aristarain y de que nosotros somos los actores argentinos del elenco.
Y lo mismo para aquellos que vuelven de hacer un intercambio estudiantil en Estados Unidos con una afasia castellana de cartón: “Claro, no lo puede, ay, overcome, cómo lo decís en castellano, no me sale”. Esta gente necesita una buena paliza que los deje inconscientes para resetearles el cerebro y ponerlos en el mapa de nuevo.
Después hay millones de ejemplos y variaciones. Están los que le ponen un artículo al nombre, los que hablan en diminutivo, los que incluyen un adverbio terminado en “mente” cada cinco palabras, y los que intentan colar un término que recién aprendieron en todas sus oraciones. Pero a esos no los odio. Apenas si me hacen reír con sus ocurrencias. Odiar es otra cosa. Odiar es para los que te dicen con voz de cansado que mañana “si el de arriba quiere” se levantan. Porque esos sí que me irritan. Esos presionan el peor resorte.
Posted on Agosto 6th, 2008 por Enya
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